Pueblo Ahogado

Salí de la Iglesia de la Asunción, temerosa de ver cuánto habrían subido las aguas en el rato que habíamos pasado en la misa funeral. Durante los cuarenta minutos que había durado la ceremonia, en ningún momento habíamos dejado de oír la lluvia golpeando el tejado. Tenía el frio de la tormenta metido debajo de la piel, y un escalofrío clavado entre la cabeza y la nuca, de tanto oír a los vecinos murmurar que esos iban a ser nuestros últimos días en el pueblo. La plaza mayor estaba cubierta por un dedo de agua, un enorme charco que empezaba junto al escalón de la iglesia, y que lo cubría todo allá donde mirara. Me quedé pasmada al verlo, y en el interior de mi vientre hinchado pude sentir a mi bebé removiéndose intranquilo. Estaba segura de que él podía sentir mi angustia, así que posé ambas de mis manos sobre mi tripa, para que sintiera mi calor, y se calmara.

–Ven, Sofía, te llevaremos a casa.– Me dijo la mujer del alcalde, mientras señalaba su coche.

Yo asentí y sin soltar palabra me dejé guiar por ella. Mi casa estaba a las afueras del pueblo, en la parte más baja, y por ende más inundada. Allí cubría casi un palmo, y temí que el coche se calara y no pudiera avanzar más. El alcalde trataba de transmitirme seguridad diciendo cosas como: “Tranquila, pronto abrirán las puertas del embalse y todo el agua se irá.” o “Si lo prefieres puedes pasar la noche en nuestra casa.” Pero la verdad, es que ninguna de sus afirmaciones me calmaba. Cuando llegamos junto a mi portal me preguntó:

–¿Se está quedando alguien contigo mientras Manuel está fuera?

Yo negué con la cabeza. 

–¿Estarás bien tú sola? En nuestra casa hay sitio para uno más.

–No se preocupe, ya ha hecho suficiente por mí. Estaré bien.– Le aseguré.– Muchas gracias por traerme.

Me metí en casa todo lo rápido que pude. Dentro solo había un pequeño charco en la planta baja, y confié en que no crecería más. Para que no se me enfriaran los pies, me quité los zapatos y los calcetines y los cambié por unos secos. Me repetí a mí misma lo que el alcalde había asegurado: “Los de la hidráulica en cualquier momento abrirán las puertas del embalse, y el agua se irá rio abajo.” Acaricié mi vientre, y traté de actuar como si todo estuviera bien. Empecé a preparar mi cena una hora antes de lo habitual, porque necesitaba mantenerme distraída de alguna forma. Cada poco, me asomaba por la ventana para ver cómo de inundada estaba la calle. Comí rápido, y en silencio, y luego volví a bajar a la entrada para ver si el charco había crecido.

Llegó la noche, pero ni quería ni podía dormir. Me calcé con mis zapatos mojados, y armada con un chubasquero y un paraguas salí a la calle. Caminé, abriéndome paso entre las aguas, que en las zonas más cubiertas casi me llegaban a la rodilla, y llegué hasta el esconjuradero a la salida del pueblo. Nuestro esconjuradero llevaba casi cien años sin ser utilizado. Ya nadie creía que desde esa construcción de piedra se pudiera detener la furia de una tormenta. Sin embargo, esa noche varios parecíamos haber recuperado la fe de los antiguos, y habíamos acudido de forma simultánea al lugar para tratar de desviar la lluvia. 

El párroco estaba en el centro de la construcción, acompañado del monaguillo. Habían traído a la virgen, y un incensario, y estaban realizando una ceremonia improvisada, al rededor de la cual, se habían congregado cinco personas, incluyéndome a mi misma. Estaba la viuda de Cavero, que aún después de dos años seguía vistiendo el luto; los hermanos Pallás, y la esposa de uno de estos. Yo me uní a ellos en silencio, y mientras colaboraba en la ceremonia para espantar la lluvia, esbocé en silencio mis propias plegarias. En cuento el párroco hizo una pausa en sus rezos, Fernando Pallás me dijo que no podía quedarme bajo la lluvia en mi estado, e insistió en llevarme de vuelta a casa. No era bueno que me enfriara, estando embarazada. No negocié, y dejé que me acompañara. 

–¿Tú crees que abrirán las puertas del embalse?– Le pregunté en cuanto pude.

–Estoy seguro de que las abrirán. No van a dejar que nos ahoguemos aquí.

–¿Y por qué no las han abierto ya?– Quise saber.

Fernando se encogió de hombros. No tenía una respuesta para eso. 

Él, al igual que otros muchos hombres del pueblo, había trabajado en la construcción de la presa. Una vez hubieron expropiado las tierras a todos los que vivían en Mediano, los que quisieron seguir viviendo en el pueblo tuvieron que buscar su sustento trabajando en la obra. Todos sabíamos que el embalse sería la muerte de nuestros hogares, pero también era el único lugar en el que se podía trabajar. Y sin trabajo, ya todos nos habríamos marchado a Barcelona.

Cuando llegamos a casa supo decir.

–Abrirán las puertas del embalse, porque sus hijos han jugado con nuestros hijos, y nosotros hemos trabajado mano a mano con ellos, y compartido el pan con ellos. 

Yo asentí, sin saber si creerle o no. Mi padre también había trabajado en la obra, pero él no había compartido el pan con los capataces, sino con los presos republicanos que antaño traían para hacer el trabajo más duro. Los capataces nunca habían mirado por nosotros. Si lo hubieran hecho, nunca habrían empezado a construir el embalse.

–Gracias por acompañarme. ¿Ahora volverás al esconjuradero?

–Sí. Nuestros abuelos creían en eso, y nosotros tenemos que intentarlo todo. La tormenta tiene que parar.

Asentí a modo de despedida. Me metí en casa y me cambié de ropa. No me puse el pijama, porque temía que a mitad de la noche nos hicieran abandonar la casa. En vez de irme a dormir, me senté en el sillón junto a la ventana del dormitorio y me dediqué a contemplar la lluvia, siempre alerta y con el miedo metido en la garganta. A veces el agua caía con más fuerza, y a veces con menos, pero nunca dejaba de caer. Yo simplemente miraba la lluvia, y a veces me asomaba para ver cómo de inundada estaba la calle. Acariciaba mi barriga, murmuraba que todo estaba bien, y cantaba las nanas que mi madre me solía cantar cuando aún era pequeña. No sé si nada de eso tranquilizaba a la pequeña criatura en mi vientre, pero al menos me tranquilizaba a mí.

Mi reloj marcaba las tres de la mañana, cuando oí un ruido en la calle que no era de la tormenta. Me asomé, y vi el camión de los Palacio aparcado en la puerta. Estaban cargándolo con cajas y muebles. Supe que ya habían perdido toda la esperanza, y que estaban huyendo. Yo no quería irme de mi casa, pero si los Palacio se iban, es porque era realmente necesario. Metí en la única maleta que encontré, las cosas más importantes, el dinero y los objetos de valor, un par de mudas de ropa, fotografías sin marco, documentos importantes, y todo lo que pude meter. Luego, llevé al desván otras muchas cosas importantes que no me habían cabido en la maleta, convencida de que el agua no subiría tanto como para estropear lo que allí guardara. Me puse el abrigo, y bajé a la calle donde los Palacio aún continuaban cargando el camión.

–Se va a inundar todo, ¿verdad? Tenemos que marcharnos.– Le dije a Delfina, la mujer de Alberto Palacio. Y ella, asintió con gravedad. 

–¿Podéis llevarme?

–Claro Sofía, sube la maleta, y siéntate donde puedas.

Junto a mí, viajaron en ese camión todos los miembros de la familia Palacio. Los abuelos, el matrimonio y los seis hijos. También acogieron a otro matrimonio joven, y a la prima de Fernando. Llamaron a la puerta de la viuda de Cavero, para llevarla a ella también. Sin embargo, la pobre señora se negó a abrir. Decía que prefería morir hoy y morir en su pueblo, que morir dentro de dos años en otro lugar. Alberto Palacio insistió y trató de convencerla para que saliera, pero tras veinte minutos sin respuesta, y el agua que seguía creciendo, tuvimos que dejarla allí.

Hicimos todo el trayecto en el camión, en el más absoluto de los silencios. Subimos hasta Samitier, 200 metros por encima de Mediano, y aparcamos allí junto a unos campos. Unos samitierinos nos acogieron a todos en su casa, pero ninguno pudimos dormir, y tampoco pudimos por los dos días siguientes, durante los cuales en ningún momento dejó de llover. 

Cuando finalmente salió el sol, todos bajamos al embalse, en busca de nuestro pueblo. Sin embargo, solo la triste torre de la Iglesia de la Asunción, asomaba de entre las negras aguas. Pensé en mis padres, que estaban enterrados junto a esa iglesia, ahora cubiertos por un pantano. Pensé en todos los recuerdos que habían quedado totalmente sumergidos. Pensé en todo lo que había dejado en el desván de mi casa, y pensé en mi casa. No quedaba nada. Oí a algunos decir, que la torre de la iglesia sobresaliendo de entre las aguas era un signo de esperanza. Qué se notaba que la torre quería resurgir, salir a flote y que algún día lo conseguiría.

Pero para mí, esa visión solo significaba la muerte. Un año después, con mi niño ya nacido, mi marido aún rescataba muebles que aparecían a flote. Para él fue incluso más duro, porque nunca pudo despedirse del pueblo. Ahora mi hijo, que ya tiene 6 años, me cuenta que tiene pesadillas con pantanos que se lo tragan todo. 

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Me pertenecen las noches

Desde el interior de mi residencia se podía oír el sonido de las fiestas. La gente salía cuando se ponía el sol y volvía al amanecer. Durante el día, era una ciudad fantasma, y al crepúsculo, en las calles iluminadas por la tenue luz de las farolas, no había nadie que te protegiera de los peligros nocturnos. Los fuertes sobrevivían, y muchos disfrutaban de la fiesta y del furor de la noche, pero allí afuera, por mucha gente que hubiera cerca, siempre estabas solo.

Para mí, la noche era tentadora. Al principio me gustaba salir, bailar con desconocidos y por un momento olvidar que no debía confiar en nadie. Cuando volvía a mi residencia, observaba mi sombra creciendo y desapareciendo al pasar junto a las farolas; y su danza me daba fuerzas. Por mucho miedo que tuviera, me sentía invencible, poderosa, importante.

Andaba con paso decidido. En mi cabeza, aún resonaban las canciones que venía de bailar; y yo marcaba su ritmo con el choque de mis tacones contra el asfalto. Miraba mi reflejo en los cristales de los portales, en los charcos de etanol, y en la pantalla de mi teléfono móvil; y eso me daba seguridad. La oscuridad me acunaba, me daba la mano y me ayudaba a andar.

Pensaba “la noche tiene nombre de mujer”, “la luna tiene nombre de mujer”, “las estrellas tienen nombre de mujer”. Ese era mi momento, y no iba a permitir que el miedo me lo quitara. Algunos decían, que parecía como si yo quisiera que algo terrible me pasara.

Mi sombra y yo

No sé si soy yo la que camina sobre mi sombra, o si es ella la que me pisotea a mí cuando ambas surcamos las calles. No sé si es ella la que crece cuando el sol se acerca al horizonte, o si soy yo la que temerosa de la oscuridad, se hace pequeña, insignificante. Y cuando ya es de noche, y el mundo esta frío y callado; no sé si es ella la que de repente habita en todas partes, o si soy yo la que desaparece.

Miércoles 3 de Abril

Sueño que derramo gasolina sobre el suelo de mi casa. La derramo mientras bailo al ritmo de una melodía ahogada. Y la gasolina… La gasolina también baila. Baila mientras va deslizándose por todos lados, inundándolo todo. El suelo de madera oscura la absorbe como si le conviniera empaparse de su poder de destrucción. Yo veo el líquido y me parece una miel, un barniz, una melaza que viene a traer dulzura a mi casa. Es lo apropiado. Cuando todo esta cubierto por varios centímetros del líquido, chapoteo como un niño en un día de lluvia. Sigo bailando, tratando de salpicar todos los muebles con mi danza. Llego hasta el sofá, y me tiro sobre la tela, levantando con el impacto, una nube de polvo. Luego busco entre mis bolsillos, y encuentro un mechero y un paquete de tabaco, y aunque nunca me ha gustado fumar, enciendo un cigarrillo. Pego una calada, y luego otra, mientras trato de identificar la canción que he estado bailando.

Reconozco un verso “You’ve been pouring gasoline in your living room. Light a cigarette while you complain about the fumes. Who are you to talk?”, y al analizar lo que significa salgo de mi trance. ¿Qué estoy haciendo? Rápidamente apago mi cigarrillo contra la tela del sofá. ¿A caso estaba tratando de suicidarme? No es una buena idea, lo sé. Por unos segundos me pongo muy nerviosa, pero enseguida consigo enfriar mi mente. Me dirijo hacia la ventana y miro al exterior. Veo la ciudad, veo los campos de cultivo que hay más lejos, y veo el bosque que hay aún más lejos. Sé que en algún lugar de ese bosque hay una cabaña. Una cabaña cuyo suelo no está empapado de gasolina. Nunca he estado allí. Ni si quiera sé por qué conozco la existencia de ese lugar. Quizá es un recuerdo de otro sueño. Me siento en el alféizar, con las piernas hacia afuera. No hay demasiada altura, y me parece que el bosque está muy cerca. Está tan cerca, que juraría que oigo su llamada.

Tomo mi mechero, y sin pensármelo mucho lo enciendo y lo tiro al interior de la casa, y contemplo por unos segundos como las llamas se apoderan de todo. Cubren el suelo, creciendo más altas en torno a los muebles, y sobre las alfombras. Me parece precioso. Me gustaría detenerme más rato a mirar, pero sé que no puedo. El bosque me llama. Salto hacia afuera cayendo sobre unos matorrales, y sin perder tiempo me levanto y me pongo a correr, mientras el fuego devora lo que antes era mi casa.

Corro y corro, y atravieso las calles de mi ciudad que tan bien conozco. Veo cómo la gente que me ve correr, me aplaude y me anima en mi huida, todos asomados a las ventanas de sus casas grises. Me dicen que corra más rápido, y yo lo intento: corro todo lo rápido que puedo. Debo llegar al bosque.

Pronto siento que alguien me persigue. Debe ser la policía. Me lo puedo imaginar perfectamente, seguro que me acusan de haber quemado una casa. Y yo corro. No estoy dispuesta a dejar que me atrapen. Ellos no entienden, y no van a entender. Atravieso los campos de cultivo, y corro entre el maíz y la cebada. Me duele la tripa de tanto correr, pero no voy a dejar que el dolor me pare. Llego al bosque, y me pisan los talones. Sé que me bastará con alcanzar la cabaña, así que me trago mi dolor y corro más rápido. Entre los árboles me siento más segura, estoy convencida de que lo voy a conseguir. Cuando llegue estaré a salvo, no sé por qué lo sé, pero lo sé.

Finalmente alcanzo la cabaña, entro en su interior y me tiro al suelo exhausta. Trato de recobrar mi aliento, y me doy cuenta de que estoy temblando. Pero no importa, ya estoy en la cabaña, y eso significa que ya estoy a salvo. Lo sé.

Sin embargo, la policía irrumpe dentro. Me rodean al instante. Se suponía que estaba a salvo, eso creía. Me esposan, y tratan de sacarme de la cabaña a la fuerza. No sé como resistirme, no sé como impedir eso. Deseo escapar, con todas mis fuerzas, pero son solo deseos tirados al aire. No me parece que sirvan de nada. Pero aún así lo deseo más fuerte, porque los deseos son lo único que me queda. Y no sé cómo, pero me transformo en zorro. El cambio me parece natural, ni siquiera me sorprendo. Rápidamente me escapo de mis esposas, y me escabullo entre los árboles.

Sé que la policía no da crédito de lo que ha visto. Cuando lleguen al pueblo con las manos vacías, se negarán a dar explicaciones. Pero una cosa estará clara: no han conseguido cogerme. La gente saldrá de sus casas grises, y todos se reunirán en las calles para celebrarlo. Para celebrar mi libertad.

Me despierto.

Muerte de mi reflejo

Me sorprendí al comprobar que mi espejo me devolvía la imagen a la perfección, y temí que mi sombra, así me gustaba llamarla, hubiera sido remplazada por otra que se tomara en serio su tarea de copiar mis movimientos. Las largas conversaciones que había tenido con ella habían sido irrelevantes en su mayoría. No era mucho más inspirador que hablar conmigo misma. A veces incluso era aburrido, siempre preveíamos las palabras de la otra, y nos completábamos las frases. No me aportaba nada, pero me había acostumbrado a su presencia y ahora la echaba de menos.

Así que le pregunté a mi reflejo por qué no se movía con libertad, pero no obtuve más respuesta que una imitación silenciosa. Se lo pregunté de nuevo, más fuerte, una y otra vez, pero sólo veía mis propios movimientos, y sólo oía mi propia voz. Me sentí dolida, abandonada, como si me hubieran quitado una importante parte de mí, e invadida por la impotencia y la frustración volví a repetir mi pregunta a voz en grito. Frente al silencio, no pude evitar golpear el espejo con tanta fuerza, que éste se quebró en mil pedazos. Sólo entonces, entre los cristales rotos, me pareció ver que ella, y no yo, derramaba una lagrima acompañada de un “Lo siento” susurrado. Pero nunca, nunca más, me volvió a dirigir la palabra. 

Todas las miradas son falsas

De pequeña, durante muchos años, sentí que algo me observaba. Normalicé esa sensación, porque no conocía nada diferente. La mirada me persiguió desde que nací, y un día hacia los siete años, simplemente desapareció, y de pronto me sentí terriblemente desprotegida. Supe que el dueño de los ojos invisibles llevaba todos esos años evaluándome, y que de repente un día había decidido que ya no merecía más su interés. Si la mirada me había hecho importante, su ausencia me hacía tan invisible como todos.

Durante mucho tiempo me castigué pensando, qué debería haber hecho diferente para que esa mirada se hubiera quedado. Imaginé todas las formas en que mi vida podría haber sido distinta, y supe que si el dueño de esos ojos algún día se acercaba a mí y me preguntaba qué cosas de mi pasado quería cambiar, pese a querer cambiarlo todo, yo debería responder que nada. Y entonces, solo entonces, la mirada podría considerar que merecía una segunda oportunidad. Pero yo, por orgullo y soberbia, la habría rechazado. Afirmaría, incluso llegándomelo a creer, que ya no quería ser la elegida entre muchos, que estaba bien con mi vida y con mis decisiones.

Aún hoy en día, sigo sin poder olvidar cómo me sentía al ser observada, y odio que me miren, porque siento que cualquier mirada es falsa comparada con la que me antaño me persiguió.

No sé dónde puse mi sueño

¿Qué quieres que te diga? Ni si quiera tengo una idea. Ni si quiera sé por qué he empezado esta frase. Estoy vacía, tremendamente vacía. Bueno, para que mentir: mi mente está llena, demasiado llena. Es un caos, un completo desorden. Hay tantas cosas, unas amontonadas encima de otras, y las que me gustan siempre están debajo. Y revuelvo entre nombres, responsabilidades y fechas memorizadas para mis exámenes de historia, y sé que hay un sueño en alguna parte, pero no sé dónde lo puse. 

Revuelvo, sigilosamente, todo el rato. Sonrío en las conversaciones, cuando creo que debo sonreír, pero no estoy prestando atención. Solo revuelvo, no recuerdo dónde olvidé mi sueño. Y me ven tan distraída… Me ven y deben pensar que hay algo mal conmigo, que no es normal que esté siempre sin estar. Quizá me tomen por tonta, y quizá tengan razón. No soy demasiado lista, eso sí es verdad. Si lo fuera, quizá sabría dónde puse mi sueño.


Muy Oscuro

Ella tiene un susurro que le hiela por dentro. Una oscuridad, muy profunda, muy enterrada bajo su piel, muy enredada entre sus costillas, muy escondida en sus entrañas. A veces, algún desconocido reconoce su nube negra, y retrocede atemorizado. Y algunos le preguntan por ella, diciendo, ¿qué es esa espina que llevas dentro? ¿qué te hace sentir? Y ella toma aire, y trata de inventar alguna clase de respuesta que pueda entretener a sus oyentes. Pero la verdad es que no tiene ni idea, porque esa oscuridad es como los dioses de algunas religiones, sobre los cuales nadie se atreve a pensar, ni a ponerles un nombre, porque de tenerlo no sería pronunciable.

Y le preguntan, que desde cuándo lleva eso dentro, pero ella no recuerda un antes. A veces siente que estaba allí incluso antes de nacer, y que tras su muerte, también seguirá. Y le preguntan si la teme, y claro que la teme pero evita decirlo. Dice que no, que ya está acostumbrada a ella, que si acaso hay un miedo es el miedo a lo incierto, a no saber qué es esa sombra, a no tener nada con que compararla. Y a veces, su oscuridad le susurra canciones que no logra entender, y le atrapa con sus tentáculos espinosos, y envenena su lengua, y entonces no teme pero sufre, y llora oscura agua de mar. Y piensa, que ojalá pudiera ponerle un nombre, pero en la consulta del psicólogo, solo llora y llora, y dice que no sabe, que no tiene ni idea.

Domingo 24 de Febrero

Sueño que un niño, de no más de diez años, practica tiro con arco en un patio palaciego. Por sus ropajes granates y dorados, y su corona dorada, deduzco que es un jovencísimo rey, o quizá un príncipe. La diana a la que tira está formada por miles de cartas colocadas de forma desordenada, y él apunta con los ojos cerrados.

Lanza su flecha, y ésta se clava en el centro de la diana. Va corriendo a recogerla, y la arranca, sacando también una de las cartas atravesada. El pequeño príncipe, parece asustado ante el resultado, y se va corriendo con la carta en su mano.

Entra en el interior del palacio, y corre hasta unos aposentos. Allí encuentra a su hermano mayor y le enseña la carta. Este le mira con preocupación.

–Debes restaurar la carta.– Le ordena.– Tendrá que parecer que esta carta nunca ha sido atravesada.

–El maestro podría encargarse.– Sugiere el niño.

–No. Tienes que hacerlo tú mismo. Ésta carta nunca debería haberte tocado, y debes actuar como si tal. Nadie debe enterarse de esto. Solo así tendrás una oportunidad de burlar a tu destino.

Me despierto.